Sanatorio III

Alguna vez Porter leyó una novela que transcurría en el desierto de Sonora, o cree recordar haberlo hecho. Uno de los personajes secundarios enloquecía, era internado en un hospital psiquiátrico por las frecuentes visiones que tenía de una chica que había muerto hace años. Poco a poco su noción de la realidad se degrada y olvida uno a uno a todos sus familiares y amigos. Al final su hija mayor continúa visitándolo, le comenta que su mejor amigo se suicidó y al le da igual que le hubieran dicho que el cielo es azul, que tiene nubes, que el sol no saldrá nunca jamás, era incapaz de reconocer a su propia hija.

Moanin’ – Charles Mingus

Son las seis de la mañana. Es invierno en el hemisferio sur y el sol aún no sale, el cielo sigue oscuro pero no por mucho, la zona subtropical tiene sus encantos. La enfermera pasa habitación por habitación despertando a los residentes. Porter tiene los ojos abiertos desde hace ya un buen rato. Conoce el itinerario de memoria. Tiene hasta las 6:30 para bañarse con agua caliente, premio para los early birds. A las 7:00 el desayuno se servirá en la cafetería, se sentará en la esquina de siempre junto al ventanal que da al jardín principal. No hay reglas para elegir los asientos, sin embargo, desde que él recuerda siempre se ha sentado solo en esa mesa para dos, ningún interno ha ocupado ese lugar. Una fruta única en trozos pequeños; piña, melón, papaya, manzana. Nada de combinación de frutas, menos aderezos como yogurt, crema de leche o miel. Quince minutos después vendrán un huevo cocido, dos rebanadas de pan tostado, un vaso de jugo de naranja y una taza de chocolate en agua. El desayuno se prolongará innecesariamente hasta las 8:00. Volverá a su cuarto, tomará el libro que tiene en la mesa de noche y buscará un sitio para sentarse en el patio trasero del hospital. Le gusta tomar el sol y leer mientras las hojas de los árboles hacen ese sonido particular de agua corriendo cuando el viento juega con ellas. A las nueve inician los aeróbicos, él no se inmuta. A las diez Los demás estarán participando en actividades lúdicas varias, todos los días dos horas de; danza el lunes, pintura el martes, escultura el miércoles, música el jueves. El repertorio es bastante reducido, así que empiezan con danza de nuevo el viernes. El sábado es considerado otro día entre semana. El domingo se caracteriza por romper esa rutina con horario de visitas en la mañana y en la tarde. Al medio día viene el almuerzo. Porter no se queja del menú, las porciones de proteína son justas, a veces le gustaría negociar con los habitantes de la mesa vecina un intercambio de puré de papa por más carne, siempre se aguanta las ganas. No hay alimentos que odie o disfrute en particular. Siempre queda satisfecho. A las dos de la tarde el grupo de residentes da una caminata por el bosque situado más allá del jardín posterior. Generalmente son dos horas a paso de tortuga, pero los médicos insisten en que ese pequeño ejercicio con disciplina fortalece las articulaciones, mantiene activo el corazón y los pulmones. A las 16:00 llega la hora de la siesta. De las 17:00 a las 18:00 hay una hora libre, generalmente se encuentran los pacientes en la sala de estar, junto a una chimenea que a juicio de Porter es ornamental, nunca la ha visto encendida, ni siquiera ve trazas de hollín en los ladrillos, y estos no parecen ni mucho menos ladrillos con tratamiento para darles resistencia térmica. La cena se sirve en el comedor contiguo, siempre puntual, siempre una porción mucho más reducida que el almuerzo. Tienen la decencia de cambiar el menú en la noche, piensa Porter. La televisión estará encendida hasta las 21:30 en el auditorio, siempre muestran documentales o películas ligeras, después tienen media hora para cepillarse los dientes y ponerse cómodos para dormir. A las 22:00 las luces en las habitaciones se apagan automáticamente.

Son las 5:48, la enfermera no tardará en pasar. Porter repasa mentalmente el cronograma de actividades. Sabe que es viernes, ayer pudo ojear el periódico local y pudo leer “jueves” en español. ¿Dónde aprendió español? no tiene ni más remota idea. Siempre se comunica en inglés con la gente del hospital. Algunos visitantes dominicales hablan en francés, otros en portugués, uno que otro en alemán y muy pocos en español. Siempre los escucha. Identifica los acentos aunque no agarra ni una palabra. Hoy terminará una novela de Agatha Cristie, muy a su pesar, aburrida.

A las 14:20 se escapa de la caminata y va a la biblioteca. Entrega el “Matrimonio de Sabuesos” y toma en préstamo un libro aleatorio, este resulta ser de Henry Miller. Ya en su habitación, en la cuál está seguro que no hay cámaras de vigilancia, saca un lápiz metálico, busca la página 154, la palabra número 154 y rellena casi imperceptiblemente la primera letra “a”. Ya le tiene sin cuidado el no poder cerrar la puerta de su cuarto durante el día. Luego toma su quinta libreta de apuntes donde anota las palabras desconocidas y pequeños versos. Le gustaría, eventualmente, hacer un compendio para escribir poesía.

Su reloj de pulso marca las 15:12 cuando una enfermera golpea la puerta. Porter se sorprende. Tiene una visita Dr. Porter, dijo ella, lo están esperando en el patio frente al bosque. Vaya, se dijo, Esto es algo fuera de lo común. Guardó cuidadosamente el lápiz y los cuadernillos. Los dos tipos estaban sentados en las sillas de hierro, un portafolio marrón llamaba la atención contrastando con el ridículo verde de la mesa, también de hierro. Se levantaron para saludarlo con todo el protocolo, la auxiliar trajo enseguida tres tazas de café. Iremos directo al grano, dijo el primer sujeto, somos sus nuevos representantes legales asignados por el gobierno. Su caso se ha convertido en un dolor de cabeza para los funcionarios que venían llevándolo, ya sabe, un asunto de seguridad nacional, indico el segundo, conocerá usted nuestras reglas, estas exigen que se avance siempre, no puede quedar simplemente como otro caso cerrado por falta de pruebas concluyentes. En la pausa los dos hombres de negro bebieron café. El primero se quitó los anteojos y apoyó el antebrazo en la mesa en un falso gesto de amistad, Esperamos Dr. Porter que usted sea más amable con nosotros y coopere para solucionar su situación lo más pronto posible.

Son las 15:38, Porter no sabe si ya los ha visto antes o no. El no tener esta certeza lo viene sacando de quicio. No puede aparentar mucho más ante ellos, se está poniendo nervioso lentamente. ¿Qué gano yo con esto? ¿Qué me llevo yo si coopero con ustedes? ¿Acaso me podré ir de este sitio, podré retomar mi vida donde la había dejado? ¿Volveré con mi familia?

El segundo hombre sonrió, el primero sacó del bolsillo interno de su vestido una cajetilla de cigarrillos, encendió uno y se lo ofreció a Porter. Queremos cerrar este caso lo más pronto posible, se ha convertido en una piedra en el zapato, un cabo suelto, la pieza faltante en el puzzle. Encendió el segundo cigarrillo, esta vez para él, dejando la cajetilla y el encendedor sobre la mesa. No sabemos qué tan consciente es usted de esta situación. Para empezar hubo un grave incidente con víctimas fatales en una base lunar, ¿qué tiene usted que ver con esto? usted, Dr. Porter, se encontraba en esa misma base realizando pruebas de viabilidad de suelos con sus teorías extrañas de una posible terraformación de nuestro satélite natural gracias a la mano del hombre. Casualmente usted resultó siendo el único sobreviviente del siniestro. Un incendio voraz, que no pareció un accidente. Ya sabrá usted qué sucede cuando se tiene una atmósfera enriquecida de oxígeno y en ella circuitos eléctricos. ¿Cuál es la política de la agencia espacial sobre la atmósfera de las unidades presurizadas? Simple, llevar la misma proporción que en nuestro planeta, siete partes de nitrógeno, no inflamable, contra tres de oxígeno. Los forenses determinaron que el incendio pudo alcanzar temperaturas tan altas rápidamente solo por un enriquecimiento de oxígeno en todas la base.

Porter terminó su cigarrillo. El del segundo hombre iba apenas por la mitad. Pero el asunto no termina allí, retomó el primer hombre. La versión oficial dice que usted llegó a tierra en un módulo de escape, milagrosamente, cinco días después. Sin embargo usted apareció desnudo en una unidad militar de investigación de alta confidencialidad, congelado hasta los pulmones. El director de ese laboratorio resultó ser otro muerto más en la estación lunar, un tal Rodríguez.

¿Qué quieren ustedes de mí? dijo Porter mientras tomaba otro cigarrillo. El primer hombre se puso los anteojos y se recostó en el duro espaldar de hierro, dejando los brazos en los descansos de la silla, y con un tono lleno de confianza y descaro le dijo, Dr. Porter, la agencia espacial está escasa de recursos, no podemos afirmar públicamente que fallamos, no podemos darnos el lujo de decir que tenemos serios problemas por la falta de presupuesto. Esto sería la estocada final. El negocio minero en la Luna terminaría en manos de otra empresa privada, imagine usted si nuestro gobierno contratara a los chinos para realizar este trabajo. Por otro lado, tenemos a los medios desesperados por encontrar una respuesta satisfactoria al incidente en la base de investigación donde varios científicos respetables perdieron la vida. El morbo ha crecido y es momento de entregarles un chivo expiatorio.

Porter inhaló fuertemente a través del cigarrillo sin filtro. ¿Insinúan que yo manipulé el sistema de re-circulación del aire para provocar el incendio? Exhaló lentamente lo que le quedaba de aliento azul. Los tres guardaron un largo silencio. Caballeros, no puedo continuar esta conversación con ustedes sin mi abogado.

Entienda Porter, si es que se le puede llamar Porter, estamos siendo condescendientes. Técnicamente usted no es el Dr. Porter. Si Rodríguez estaba en lo cierto, usted no es más que una copia mal tomada del verdadero Porter, un clon del hombre que murió de una manera horrible dentro de una cámara de vacío, eso si no se cocinó lentamente dentro de un Toro de Falaris lunar, y como usted bien sabe estimado señor, la legislación no le otorga derechos a los clones.

Porter no pudo ocultar su asombro. Sabemos que usted no recuerda nada, dijo sonriendo el hombre de los cigarrillos. Tiene escondidas un par de libretas debajo de su cama, desde el día que despertó del coma inducido ha venido perdiendo todos sus recuerdos y lo poco que queda de su memoria personal está en esas libretas que guarda con recelo. Sabemos que las lee cada noche, trata de memorizarlos de nuevo, pero este ejercicio le resulta inútil, como un colegial tratando de aprender un extenso poema la noche anterior a la declamación en público. Sabemos que usted no ha podido recuperar otros recuerdos y cada vez va perdiendo más y más la memoria. Usted no es una persona capaz de valerse por sí misma, no tenemos certeza de la evolución que tendrá su condición sui generis, tal vez sea equivalente a una demencia cenil, tal vez solo se borraron de su mente los recuerdos de tipo afectivo y curiosamente la parte operacional persiste, de otro modo no podría usted hablar con nosotros, caminar, ni siquiera respirar. ¿Familia? ¿Qué Familia tenía usted antes de marcharse a la Luna?

Sus intentos por recuperar la memoria de corto plazo son inútiles. ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de su manía de rayar en la primera letra “a” en la palabra 154 de la página 154 del libro en cuestión? Todos los libros de Miller han sido rayados, nos sorprende la avidez y velocidad con la que lee Dr. Porter, pero nos sorprende aún más la tenacidad de la pobre bibliotecaria saca un par de días al mes para borrar sistemáticamente el camino que usted quiere recorrer de vuelta.

Porter, usted está en una situación muy cómoda. Solo queremos que admita públicamente que usted está loco. No se preocupe por su seguridad. La prensa sabe que usted está vivo, pero no tienen ni más remota idea de su domicilio, siguen buscándolo en manicomios en el continente equivocado. Usted seguirá viviendo como interno, todos los gastos pagos por la Agencia Espacial, de forma confidencial claro está. Le dejaremos seguir teniendo sus cuadernillos, rayando los libros de la biblioteca, escapar de las actividades comunales que los demás pacientes realizan día a día.  Seguirá recibiendo los diarios. Seguirá viviendo en una burbuja temporal donde ayer, hoy y mañana son una misma palabra. ¿Acaso sabe usted cuánto tiempo lleva internado? ¿Hace cuánto ocurrió el incidente? No le de más vueltas al asunto. En una semana usted habrá olvidado por completo esta conversación. No se preocupe, las libretas pueden ser suplantadas fácilmente. Porter se levantó de la mesa indignado. Con un gesto indicó al auxiliar que podía acompañar a los caballeros hacia la puerta.

Porter recordó toda la noche, o cree haber tenido la sensación, recordó el miedo al olvido. Recordó ese sentir ante la inevitable pérdida de la identidad. Más allá de los recuerdos de situaciones puntuales, más allá de los rostros, las emociones. hacia el amanecer revisó entre sus pertenencias. Encontró una bolsa hermética con un pañuelo de seda adentro. Al abrirlo la habitación se llenó con el aroma de ella. El perfume disparó la actividad en el hipotálamo de Porter, pero la sinapsis no pudo extenderse satisfactoriamente hasta la región de memoria de largo plazo. Porter recordó vagamente entre lágrimas un último abrazo a esa mujer sin nombre ni rostro a la que amó.

Paseo Nocturno – Rubem Fonseca

Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en su dormitorio practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín?, preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado, y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto a que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada: teníamos una cuenta bancaria conjunta.

¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear en auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase el mío. Saqué los autos de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que mi corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevaba un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella solo se dio cuenta de que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Le di a la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Con orgullo pasé la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.

La familia estaba viendo televisión. ¿Ya diste tu paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el vídeo. Voy a dormir, buenas noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.

“Passeio noturno”, 1973

Los Inmortales – Parte I

Charlie despierta, son las 3:00am. Para él no hay ciclo circadiano que valga. Ese cuerpo tan viejo tiene su reloj propio, y llegando al final se acelera. Él lo sabe, lo toma con calma. Me pide que telefonee a Paul, quiere que le diga que ya es hora, que venga pronto.

La relación que tienen Charlie y Tío Paul me parece muy extraña. Nunca se ven, se escriben muy poco, a veces pasan años enteros sin que uno sepa del otro, sin embargo se tienen aprecio y respeto infinitos. No logro entender cómo es posible que se conozcan de toda la vida y no necesiten comunicarse entre ellos.

La última vez que vi a Paul fue en Lima, hace veinte años. Había montado un puesto de ceviche en una casita pequeña en la playa, ahí mismo vivía. Ganaba poco dinero a mi parecer, justo tenía para pagar el alquiler, comprar insumos para el negocio. Cuando se quedaba corto, él mismo iba a pescar. Todo lo que sobrara era para comprar libros. Me pareció miserable. «Paul, estás haciéndote cada vez mas viejo. Me preocupa cómo estás viviendo, me preocupa que al final te quedes solo. No veo que tomes en serio tu vida, la estás desperdiciando. Mírate, comprando libros viejos como un loco. Seguro no los vas a leer nunca.» Rió mucho cuando le di mi opinión sobre su estilo de vida. «Tengo todo lo que necesito, ¿para qué más?» «¿Y la gente? ¿Y tu familia?” dije preocupada. «Ellos siempre estarán, no hay prisa.»

«Está en camino.» Charlie sonríe. Destila serenidad. «Sabes que voy a morir hoy.» Asentí. «No llores linda, es inevitable, pero es lo más natural del mundo.»

Náufragos

De la serie “Lunáticos.”

Red Fang – Wires

Porter abre sus ojos, el cuarto es iluminado por una luz roja parpadeante. El volumen del mundo se recupera lentamente, suena la alarma de incendios, ¡mierda!

Cuando chico Porter había visto en las noticias la historia de un remolcador que había sido volteado por una ola gigantesca, el barco se hundió en cuestión de segundos y ocho de los nueve tripulantes murieron ahogados. A pesar del cliché de las películas de principios del siglo XXI, el cocinero de raza negra había sobrevivido. El barco se hundió a más de treinta metros de profundidad. La temperatura del agua era de cuatro grados centígrados que podían matarlo por hipotermia en horas. El pobre hombre había logrado correr desde la cocina que se inundaba hasta el camarote del capitán donde quedó atrapado por el agua, junto con seis metros cúbicos de aire comprimido por el océano sobre ellos.

Porter había visto también películas de submarinos antiguos, viejas máquinas de motores diésel. Cuando los torpedos impactaban se sacudía toda la nave, el estruendo se transmitía y amplificaba por la estructura metálica de la nave, y el terror de encontrarse atrapados en las entrañas mar. Sin embargo, las escenas del aire agotándose, el nivel del agua subiendo y la muerte por ahogamiento de dichas películas no lo había impactado tanto como la historia del cocinero. Para él las películas eran solo eso, películas, por más que estuvieran basadas en eventos históricos. La historia del náufrago era algo real.

Porter encontró la cocina en llamas, un par de cuerpos asfixiados tendidos en el suelo. Los compuestos plásticos emitían gases tóxicos. Tomó el tanque del dispensador de agua y corrió hacia su camarote. Abrió el maletín de primeros auxilios que guardaba bajo su cama, tomó la manta de microfibra para casos de hipotermia, la empapó y se la puso a cuestas, esto le daría unos minutos extra para evitar quemaduras. Se dirigió hacia el laboratorio. No entendía por qué diablos el sistema de irrigación no se activaba, y cualquiera que fuera la causa, sabía que no tendría tiempo suficiente para repararlo, las llamas consumirían todo el oxígeno disponible antes de lograrlo. Solo habría un modo de escapar, a través de esos pasillos de topo, siguiendo las luces de evacuación en el suelo, hacia el garaje, a través de la exclusa de descompresión. De repente se imaginó de nuevo en el bar, allá en la colonia minera.

El cocinero acomodó como pudo ese camarote patas arriba para evitar tener contacto con el agua. Lo que le sumaba méritos a la epopeya era realizarlo todo a oscuras, con el agua helada hasta los muslos. Encontró también un par de latas de gaseosa y un paquete de galletas. El cocinero esperó que la muerte viniera por él, acurrucado sobre los muebles, escuchando de vez en cuando el crujir de la nave aplastándose por el peso del agua. Estaba atrapado en otro mundo, un entorno completamente hostil, atrapado por las leyes de los gases… Si trataba de escapar nadando se arriesgaba a morir tragando agua a mitad de camino, pero si lograba llegar a la superficie, el intento de escape resultaría en una descompresión brusca, la formación de burbujas de nitrógeno en su sangre y una muerte dolorosa.

Porter entró en el único traje espacial que encontró, atravesó la exclusa de descompresión, subió al rover lunar. Pisó el acelerador a fondo para escapar a unos espectaculares quince kilómetros por hora excediendo el límite de seguridad, y apenas a cinco minutos de arrancar tomó un bache que lanzó el vehículo a volar en un giro de ballet en cámara lenta. Porter vio el cielo estrellado, su respiración agitada se contuvo en una inhalación profunda, vio el suelo lunar, de nuevo la nada punteada y allí esa maravillosa canica azul, the blue marble, donde nació. Un golpe seco, una exhalación.

Su religión establecía que poner fin a su existencia inmediata traería consigo sufrimiento eterno. El buen cocinero sopesó los hechos. Se encontró de repente gritando improperios contra los cielos, contra dios, contra el mar que le había dado el sustento toda la vida y ahora en silencio quería arrebatársela. El cocinero lloró amargamente en la oscuridad helada sintiendo la impotencia, la ilusión del control de su vida se había desvanecido en un parpadeo.

Porter despertó. Su visor estaba salpicado de sangre. Al incorporarse sintió con total fastidio un hilo de sangre correr por su frente, cegando su ojo izquierdo, y la imposibilidad de quitarse el casco para limpiarse el rostro. El rover lunar estaba volcado, la suspensión delantera estaba deshecha. De haber tenido un compañero hubiera podido darle la vuelta al vehículo y hacerlo andar en reversa hacia la colonia minera. Revisó su nivel de oxígeno: 20%. Si el tanque estaba lleno al salir, debió quedar inconsciente durante un par de horas por lo menos. De haber ido manejando con calma ya hubiera llegado a un sitio seguro, o si hubiera permanecido inconsciente otra media hora moriría por envenenamiento con CO2 sin notarlo. Ahora tenía aire suficiente para regresar a la base, donde no encontraría más trajes, seguramente el fuego ya se habría apagado al no tener más con qué alimentarse, o uno de los vidrios del invernadero se habría roto por el calor, descomprimiendo toda la estación. La cagaste Porter.

Al cocinero le resultó imposible dormir en aquella posición. Si se descuidaba caía al agua. Sin tener referencias externas perdió la noción del tiempo. Su ciclo circadiano estaba completamente trastocado por la situación. Luego del desespero y la ira vino la resignación. El cocinero repasó su vida meticulosamente una y otra vez. Recordó hasta más no poder las acciones cometidas en el tiempo vivido, primero clasificándolas entre buenas y malas queriendo anticipar su juicio celestial. Después sólo las recordó, los hechos fueron hechos, una serie de decisiones mezcladas con el azar le habían llevado a esa situación, solo existía el aquí y el ahora, el pasado y el futuro no existen, del primero nos queda solo la memoria y del segundo a veces parecemos tener también recuerdos fugaces. Y el presente, rio el cocinero, es un regalo. El cocinero seguía vivo. En ese instante valoró ese estado como nunca antes lo había hecho. Tenía las horas contadas, ¿por qué vivirlas angustiado con la idea de morir? Recordó con cariño a su madre, la escuela pública, el instituto donde tuvo su preparación para trabajar en la cocina, la serie de situaciones azarosas que lo habían llevado a la mar, y el amor que sentía al recibir la brisa en el atardecer. Recordó el cielo, recordó el Sol, recordó su calor. Recordó a la mujer, a una, a todas, recordó las emociones al decidir entregarse al mar sacrificando la idea de familia. Lamentó haber elegido siempre su pasión por el mar y no haber experimentado el llegar a ser padre, y enseguida rio pensando que de haberlo hecho, en este momento estaría en su casa, en medio de la noche, acostado junto a su mujer sin poder dormir, añorando el mar.

Porter llegó a la estación dando grandes saltos,  el método más eficiente para un bípedo de 1.70 metros desplazándose en la gravedad reducida de la Luna. Entró por la exclusa, un indicador rojo parpadeaba sordo indicando descompresión total de la base. El fuego se había extinto por completo.  Las luces de evacuación en el suelo seguían parpadeando. Porter atravesó de nuevo los pasillos de topo hacia el laboratorio. El techo estaba chamuscado, sin embargo parte de los equipos de comunicación de Rodríguez seguían intactos. Rodríguez, el mentecato cuántico de la teletransportación exiliado en la base lunar. Porter inició una terminal, saltó los protocolos de evacuación con permisos de superusuario, inició una conexión remota vía ssh con el laboratorio par en la Tierra. En pantalla aparecieron sus pares de laboratorio mostrando gran preocupación, hablaban en vano, el sistema estaba diseñado para operar en presencia de aire. Por terminal les dio instrucciones de iniciar la máquina, de funcionar él se encargaría de todo el papeleo por el gasto energético, sumando la masa de su traje serían necesarios 1.21 GigaWatts por más de quince segundos para realizar el procedimiento.

En las noticias mostraron lo que captaban las cámaras del equipo de buzos en la misión de rescatar los cuerpos de la tripulación. Entre la oscuridad profunda emergen las puertas de las cabinas del barco tendido sobre su cubierta. El buzo atraviesa el corredor principal en la primera exploración, abre la puerta del camarote del capitán y de la nada, un brazo inerte lo agarra con fuerza. Él utiliza su otra mano para detenerlo. La mano sorpresa tantea a ciegas y luego hace un gesto con el pulgar hacia arriba. Mueven entre los dos los escombros, abren la puerta y encuentran al cocinero sonriendo, temblando de frío. Se comunican por radio con la base, reorganizan la misión para rescatar al sobreviviente inesperado. Le colocan un casco de manera improvisada, y cuando lo sacan de la cabina se desmaya. Los buzos hacen lo posible para que no entre agua en su casco, una vez lo aseguran al arnés guía lo suben hasta la campana de espera donde recobra el conocimiento. El hombre sonríe. Estarán en esa campana por lo menos 32 horas antes de terminar la descompresión gradual para retornar de manera segura a la superficie. El cocinero nunca volverá a navegar, pero vivirá.

Porter ha programado la máquina, ingresa en la cámara de teletransportación, purga la reserva de oxígeno de su traje presurizando la cámara, se quita el casco y respira tratando de calmarse. Conoce bien el procedimiento. Si bien su campo de investigación es epistemología y sociología tiene una buena formación en ciencias exactas. Conoce la historia de la teletransportación, cómo durante tres siglos no se pudo mover más que unos cuantos bits de información en átomos. De repente con la terquedad de Rodríguez trabajando más de treinta años seguidos, con un enfoque totalmente nuevo, se estudió el transporte de átomos a través de un nano-agujero de gusano, y utilizando computadoras cuánticas se logró mover el nano-agujero en ambas compuertas. Rodríguez logró transportar algunos gramos de materia. Porter recuerda las noticias, el primer objeto que habían movido fue un diamante, además de ser un compuesto monoatómico tenía una red cristalina perfecta, la periodicidad de ella permitía realizar un barrido rápido para estimar la ubicación de cada átomo simplificando notablemente el tiempo de cómputo en las computadoras cuánticas. Era increíble la cantidad de información necesaria para poder reconstruir el objeto en la puerta de llegada. El problema de la cantidad de información era equivalente a una historia milenaria persa donde un rey había contratado al mejor cartógrafo del planeta para levantar un mapa a escala uno a uno de su reino. Esto en fracción de segundos. Cuando empezaron las pruebas con materiales orgánicos, Rodríguez encontró oposición de grupos ambientalistas, pues era necesario encender la única central nuclear del planeta para realizar los experimentos sin afectar las redes eléctricas del país. Las leyes eran claras sobre la generación de basura radioactiva. Rodríguez movió sus contactos para trasladar su laboratorio a la vieja base lunar.

Porter respira agitadamente, las probabilidades de éxito son altas, en teoría. Los primeros objetos orgánicos masivos en ser transportados fueron manzanas. Las primeras pruebas tenían manzanas en la puerta de entrada y puré de manzana cocido en la puerta de llegada. Al parecer el objeto transportado llegaba con un exceso de energía interna, sus moléculas vibraban en un estado energético mucho mayor que el objeto original. La solución fue calcular y reducir la energía de algunos átomos previo el transporte. La técnica de átomos ultrafríos permtió llevar manzanas casi intactas de una puerta a la otra, sin embargo la superficie siempre se cocinaba y en ocasiones la piel de la manzana estallaba. El algoritmo de átomos ultrafríos tenía problemas en las condiciones de frontera. La solución, bastante burda, fue rociar nitrógeno líquido sobre el cuerpo justo antes de ser transportado. A pesar de esto, dieron luz verde para iniciar pruebas con vertebrados.

Porter salió como pudo del traje espacial y se acurrucó sobre él. Respiraba cada vez más rápido. Cerró sus ojos con fuerza. Las primera prueba con un ratón fue un desastre. El animal se movió bruscamente durante el escaneo, y este tardó demasiado. Fue reconstruído al otro lado con una fuerte deformación interna en el sistema respiratorio y otra externa en el encéfalo. Murió mientras debatían la implicación ética de sacrificarlo. Encontraron que teletransportar gases era un negocio bastante complicado. Así que podían llenar los pulmones de líquido amniótico o extraer de golpe el aire de los pulmones. Nuevamente optaron por la solución más burda reduciendo el costo energético de mover el la masa de liquido amniótico, generaban alto vacío en la cámara durante un instante para vaciar los pulmones, entonces se realizaba el escaneo y el animal se transportaba antes que tuviera la sensación de ahogo.

El problema de mover seres vivos está en la velocidad con la que se debe recolectar la información de la composición atómica. La técnica de escaneo actual permite “fotografiar” a un ratón en unos nanosegundos, pero el barrido debe realizarse miles de veces para minimizar errores al momento de la reconstrucción. Porter quiere asegurarse de llegar en una sola pieza al otro lado, ha preparado la máquina para ejecutar un millón de barridos, con suerte esto se hará en un segundo o menos. El problema de aumentar el número de barridos consistía en que al promediar diferentes “fotografías” del cerebro se perdería a largo plazo información almacenada en ´el. Esto estaba ya bien documentado. Ratones que habían aprendido a cruzar un laberinto eran teletransportados, justo después podían satisfacer el reto, sin embargo unos días después empezaban a experimentar ligeros desórdenes cognitivos y ya no podían completar la tarea. En una semana empezaban a perder aparentemente los sentidos, pero lo que perdían era su identidad, su conciencia, se quedaban quietos, respirando, nada más. En menos de un mes los ratones morían de un paro cardíaco, como si el cerebelo dejara de enviarle al corazón la señal para latir, como si olvidaran que tenían que vivir.

Porter había desarrollado por su parte una teoría para solucionar este problema, usando técnicas de relajación podría poner su mente en blanco durante el tiempo suficiente para que el escaneo registrara el mismo estado y al promediar no se perdiera nada. No había marcha atrás, el proceso no podía detenerse desde adentro de la cámara. Porter trató de concentrarse, aclarar ese estanque mental, y por un instante pareció que el rompecabezas se armaba sin ayuda; Rodríguez quería deshacerse de él desde que llegó a la base lunar, sin embargo lo necesitaba para solucionar el posible problema de la amnesia en la teletransportación humana, a lo mejor ya había realizado experimentos fallidos… O todo era simplemente una gran coincidencia, el haber empezado una licenciatura en ciencias, hacer un posgrado en sociología y otro en epistemología, querer especializarse en el comportamiento de seres humanos en situaciones de extrema convivencia, todo era una cadena de eventos aleatorios que concluían con él metido dentro de una máquina donde nunca antes había estado otro ser humano, impulsado por una fuerza instintiva, la fuerza que ha mantenido la vida en la Tierra por miles de millones de años, la fuerza que lo hace querer volver a ella, lo que hace a las plantas crecer y extender sus cuerpos hacia el Sol, lo que hace al carnívoro cazar, lo que hace a la presa huir. ¿Realmente vale la pena robarle tiempo al hado para postergar el encuentro con lo inevitable? ¿Es este el porqué los pacientes esperan un donante de órganos? Si no hay algo más allá después de la muerte, ¿para qué luchar un poco más por mantener el estado de conciencia?

De repente el nitrógeno líquido fue rociado sobre su piel como la tortura de las mil agujas. Porter exhaló con un gemido que se ahogaba mientras se vaciaban el gas de sus pulmones y de la cámara, su mente era presa del dolor físico y el dolor mental del saberse pronto un hombre sin memoria. Entonces el barrido inició, los rayos gamma atravesaron su cuerpo y partículas super energéticas generaron por efecto Cherenkov un brillo azul dentro de sus ojos bien cerrados. Porter quedó extasiado con el resplandor. La central nuclear de la base lunar operó al tope una vez mas.

Porter inhaló.

Literatura + enfermedad = enfermedad

por Roberto Bolaño

para mi amigo el doctor Víctor Vargas,
hepatólogo

Enfermedad y conferencia
Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.

Enfermedad y estatura
Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me

sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia.

Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme a gatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal.

No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.

Enfermedad y Dioniso
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara en cara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal.

Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.

Enfermedad y Apolo
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.

Enfermedad y poesía francesa
La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno.
¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!…
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!

Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.

Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.

Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.

Enfermedad y viajes
Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.

Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.

De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.

Enfermedad y callejón sin salida
El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:

Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.

El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:

Un buen día partimos, la cabeza incendiada,
Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.

El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:

¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias

Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:

¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!

Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso.

Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.

Enfermedad y pruebas
Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.

Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella.

Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.

Enfermedad y Kafka
Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

Roberto Bolaño

Roberto Bolaño. 1953-2003

Sanatorio – II

Hace rato anocheció, hace frío acá en la falda de la montaña. Tomo café caliente, cargado, sin el azucar que opaca su sabor. Pienso y repienso en mí. Camino hacia mi cuarto y allí está el cucarrón boca arriba. Mueve sus seis patas con torpeza, no está diseñado para estar en esa posición. Me da impresión agarrarlo con la mano, así que acerco la misericorde suela de mi zapato, lento, muy lento, teniendo cuidado de no hacer un crujido. No lo siento, sin embargo giro hacia la derecha el pie, el escarabajo no está en el suelo.

Sacudo el pie. Él cae sobre sus patas, extiende sus alas y dibuja una espiral hacia el techo, hacia la lámpara de mercurio. Golpea el techo un par de veces, se puede oir el zumbido de sus alas rozando la pared. Trata infructuosamente de escapar de este edificio. Cae al suelo, boca arriba, moviendo sus patas, tratando de impulsarse con las traseras para dar la vuelta, es casi imposible, no están diseñadas para articular en ese ángulo.

Estoy seguro que si le doy la vuelta terminará golpeándose de nuevo, volando como kamikazee hacia la luz enceguecedora. ¿Cómo me verá un cucarrón? ¿Podrá distinguirme como un todo? ¿Verme como un bípedo con bufanda y gafas meditabundo? ¿Habrá temido cuando mi suela estuvo sobre él?

Podría aplastarlo, darle la vuelta de nuevo con el pie, o simplemente ignorarlo. Siempre me han dado impresión esas patas tan delgadas, crugientes, tan diferentes a las mamíferas. Podría liberarlo del karma de volar en círculos para caer una y otra vez. ¿Por qué hacemos las cosas mal y seguimos en la misma tónica a pesar de caer? ¿Por qué tropezamos siempre con la misma piedra?

Controlo mi asco, le ofrezco mi dedo índice para sostenerse. Me agarra con sus extremidades adherentes. Presiono su lomo con mi pulgar, levemente claro está. Camino hacia el frente del edificio y lo arrojo hacia el jardín. No escucho que haya caído. Espero que vuele hacia la montaña. Por lo pronto nadie me ofrecerá la suela de su zapato para darme la vuelta, a lo mejor abriendo las alas podré poner los pies en la tierra, volver a mí.